La pintura perfecta
por Rasmus G. Nilausen.

Sé que este proyecto va de pintura.
Lo sé porque es mío.
Y yo voy de pintor.
Voy de pintor obsesionado.

Obsesionado con encontrar la forma de hacer la pintura perfecta.
¡Tiene que ser la pintura perfecta!
Éste es el titulo de mi proyecto.

La persigo desde hace mucho tiempo.
No es una pintura que he hecho aún, pero estoy en ello.
Cubro mis espaldas por si fracaso.
Lo hago por cobardía.

1.1.
Seré sincero.
Para empezar, no estoy del todo seguro de qué va,
pero sí­,
seré sincero.

Aunque de pequeño leía y escribía, no me considero culto.
Todo es, de momento, pseudo, o sea, a medias.
Lo justo para que los listos no me consideren tonto y
suficiente para que los tontos me consideren listo.

Dejé de escribir para dedicarme a la pintura.
Pintando estoy más concentrado, quizás porque son las manos
que hacen el trabajo sucio por mi.
No es un chiste, aunque me gusta la idea del arte contemporáneo como chiste.
Chiste por sorprendente.
Chiste por engañoso.
Chiste por lo de que uno ya puede explicar la obra y según cómo y qué, funcione.
No hace falta ni verla.

El arte malo es parecido al chiste malo.
Nunca muere y siempre hay alguien que se ríe.
Lo más divertido es reírse a destiempo.

1.2.
Antes de empezar, como un aperitivo o algo innecesario, quisiera aclarar algo.
Entre los artistas contemporáneos sigue estando muy presente la pintura.
Por amor, por odio o indiferencia. Da igual.
Hablo de las ganas de que los pintores dejen la pintura.
En varios ocasiones mis supuestos amigos y colegas de profesión me han animado a dejarlo.
Otros muchísimos artistas, abandonaron, pero siempre se menciona el pasado de pintor.
Como si se sintieran culpables o algo.

¿Quizás fue un divorcio de mutuo acuerdo?
No lo veo tan problemático.

Sin embargo, la pintura y el dibujo siguen siendo la manera más común de iniciarse uno en esto del arte.
Es una cuestión social, más que nada.
Son los propios padres que dan mayor importancia al expresionismo abstracto que a los ready-mades que seguramente producen sus hijos.

1.3
Los que dejaron la pintura.
Suena un poco a tí­tulo épico o un guión de cine.
Los que dejaron la pintura.
Y la secuela;
Los que dejaron la pintura 2
esta vez es personal.

2.1.
Nos situamos.
Es un jueves por la tarde.
Un sonido. Como un ronquido abrupto o la vibración de un taladro que penetra el ladrillo.
Así­ suena el interfono de mi casa.
Es un teléfono rojo.
Es antiguo como toda la finca.
Es por eso que suena como falto de sangre.
Siempre pienso en mi infancia y en la guerra fría cuando veo un teléfono rojo.
Contesto el interfono.

No son los comunistas ni los americanos de Hollywood,
sino mi amigo de la tienda de materiales de Bellas Artes.

Seguimos el guión de siempre.
Yo le abro la puerta de abajo. Le escucho.
Está luchando, respirando pesadamente.
Sube los 89 escalones con los bastidores y telas que he encargado.
Cuando casi ha llegado hasta mi apartamento salgo para preguntar si necesita ayuda.
Así­ quedo bien sin esforzarme lo más mí­nimo.
Charlamos un ratito, pero nada serio, ya que tiene que seguir repartiendo encargos.
Tiene al camión esperándole abajo con más encargos para los pintores de la ciudad.
Si no va, nadie pinta nada.
Algún dí­a me voy a deshacer de la competencia municipal,
saboteando la furgoneta de transporte de la tienda de Bellas Artes.

2.2.
Soy un hombre de costumbres.
Una tradición es algo que se ha repetido tantas veces
durante tanto tiempo que ya nadie se acuerda de porqué se hace.
No es el caso de la pintura.
Sé porqué sigo mis rituales.
Los materiales tienen que ser buenos.
Lo sé por experiencia.
Desconfío de cualquier pintor que no sea fetichista.

La tela que utilizo es de lino belga.
Hace diez años que la utilizo.
Siempre es la misma.
Es bastante más resistente que la tela de algodón.
Además, dos de mis pintores contemporá¡neos favoritos también son belgas.

En las tiendas de bellas artes, cuando hablan de los productos baratos los llaman sencillos.
Una marca es más sencilla que otra.
Lo dicen con una pizca de desprecio en la voz.
Suficiente como para notarlo y comprar la marca más cara,
pero tampoco tanto como para llamarle mierda a los propios productos.
Así el cliente gasta más en material,
y acaba esa misma noche cenando un plato algo más sencillo de lo previsto.

2.3.
Compro bastidores de pino negro. No lo sabí­a.
No sabí­a ni siquiera qué era un pino negro,
así­ que me informé en internet:

El pino negro, es un árbol poco elevado que raramente supera los 20 metros de altura.
En general tiene una copa cónica o piramidal.
El follaje es muy denso y oscuro. Crece en las alturas.

Me importa bien poco.
Lo que me interesa es que la madera sea de buena calidad y que aguante muchos años.
Que aguante al menos hasta después de mi muerte.
Así no vendrán a quejarse si algún dí­a un cuadro mí­o se quiebra.
Más de una vez, gente que apenas conocí­a me ha comentado
que me comprarían un cuadro
para luego matarme posteriormente a la venta.
Me parece una idea lamentable.

3.1.
Rollo de lino en el suelo.
Bastidor de pino negro encima.
Acotar y mesurar a ojo de buen cubero. No es una ciencia exacta.
Tijeras de marca finlandesa en mano.
Corto el rollo.
Doy la vuelta a la tela. Consigo que el bastidor este en el centro.
Pliego el lino y con una grapadora fijo el lienzo en la madera.
Ahora hay un delante y un detrás del cuadro.
Eso es importante.

Es un ejercicio de cierta precisión.
Me recuerda a la pesca.
Soltar y recoger cuerda: Poco a poco, nunca de golpe.
Se escapa el pez y acabas con un lienzo torcido.
Antes fijaba la tela con un sinfí­n de grapas.
Ahora pongo más bien pocas.
Así­ es más cómodo si hay que desenrollar la pintura para meterla en un avión;
o en un almacén podrido.
El lienzo acabado debe ser tenso, pero no como un tambor.
Hay que dejar margen para el movimiento natural de los materiales.
Cuando hace frí­o, el bastidor se encoge como una polla en invierno.
Con el calor la madera se expande y deja la tela más tensa de nuevo.
Es un equilibrio, como tantas otras cosas.

4.1.
Aunque no me entusiasme, deberí­a posicionarme ante la famosa tela en blanco.
Históricamente, ha sido un tema que ha dado mucho de qué hablar,
pero, sinceramente, nunca me ha preocupado demasiado.
Es un proceso completamente natural.

Como statement, quizás me ha quedado un poco fanfarrón,
pero lo veo así­,
simple y llanamente.

Epí­logo.
A veces sé lo que va a ir sobre un lienzo antes de prepararlo.
Otras veces preparo unos cuantos para poder reaccionar rápido
en caso de que tenga que ejecutar alguna idea urgentemente.

Las ideas raramente son urgentes.
La pintura tampoco.

Dicho eso, incomprensiblemente,
la pintura perfecta siempre me presiona desde algún rincón de la mente.
No es como tener mala consciencia,
pero se siente la presencia de la misma manera.

Es mental.
Es la esperanza, la expectativa.
Un pasillo con todas las puertas abiertas.

La tengo en mente.
La tengo presente.
Está claro,
la pintura perfecta siempre es la próxima.

La pintura perfecta es la que estoy a punto de pintar.


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 la pintura perfecta. Estruch   Theatre, Sabadell (SP) 2010